El Perdón – Febrero 2018

 

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?

Romanos 8:31b

 

Mis hermanos y hermanas en Cristo:

Durante esta temporada de Cuaresma, nuestro enfoque está en Dios. Buscamos ser como Zaqueo; convirtiendo nuestro corazón del materialismo en solidaridad; o como María Magdalena, que encuentra el amor del pacto en Jesús; o el espíritu de Pedro, cuya lealtad a Jesús flaquea y, sin embargo, se convierte en la base de la iglesia cristiana; o el amor de Juan que toma a la madre de Jesús como suya; o la apertura de María a la invitación de Dios, sin importar la dificultad.

La Cuaresma es un tiempo para enfrentar nuestra debilidad. Es el momento de enfrentarnos a las partes de nosotros mismos que no deseamos ver; para comprender verdaderamente nuestras limitaciones, nuestra fragilidad, nuestra pecaminosidad. Es un momento para nosotros reconciliar que nada de lo que tenemos o hacemos es debido a nuestra propia habilidad, sino de Dios, regresar a Aquel quien nos hizo. Estamos llamados a renovar, reforzar nuestra relación de pacto con nuestro amoroso Dios a través de la oración, el sacrificio y la caridad.

Jesús vino a salvarnos de nuestro egocentrismo y aislamiento. Él nos salva de la actitud destructiva de convertirse en una víctima o una persona indiferente en nuestra fe. Jesús nos libera de la negatividad y nos pide que escuchemos nuestro corazón y aprendamos a discernir el amor de Dios; para conocer Su misericordia y ofrecer Su misericordia, Su perdón a cada persona. El Papa Francisco dijo: “Por todos nuestros pecados, nuestras limitaciones, nuestros defectos, por todas las muchas veces que hemos caído, Jesús nos ha mirado y se ha acercado a nosotros. Él nos ha dado su mano y nos ha mostrado misericordia. Todos nosotros podemos pensar y recordar las muchas veces que el Señor nos miró, se acercó y nos mostró misericordia”. Jesús nos envía a servir, conscientes de haber sido perdonados. ¡Esta es la fuente de nuestra alegría! Tenemos heridas pero aun así ponemos en el centro a Aquel que puede sanar estas heridas, Jesucristo.

He conocido a los pobres, a los hambrientos, a los desnudos y encarcelados en nuestras parroquias cuando los visito. Algunos de ustedes están sin hogar, no sin un techo sobre su cabeza, sino sin hogar en el sentido de que están desconectados de Dios. Algunos de ustedes tienen hambre, no porque carezcan de alimento físico, sino porque se niegan a sí mismos el don de la Eucaristía y colocan otras cosas como prioridades. Algunos de ustedes están desnudos, no sin ropa, sino vestidos con codicia y celos. Algunos de ustedes están encarcelados, no en la prisión estatal o federal, sino encarcelados por los barrotes de prejuicios, desilusión u odio.

Buscamos convertirnos en una Iglesia capaz de servir a nuestro Señor en los hambrientos, encarcelados, sedientos, sin hogar, desnudos y débiles… un servicio que nace en la conversión de corazones, reconociendo que los pobres, los desnudos, los enfermos, los presos y las personas sin hogar tienen la dignidad de sentarse a nuestra mesa, de sentirse “en casa” entre nosotros, de sentirse parte de una familia. No podemos atender completamente al pueblo de Dios hasta que no nos atendamos a nosotros mismos.

El Papa Francisco dice: “Cada vez que hacemos un esfuerzo para regresar a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, surgen nuevas avenidas, se abren nuevos caminos de creatividad, con diferentes formas de expresión, signos y palabras más elocuentes, con nuevas significado para el mundo de hoy”. Jesucristo, el Evangelio, el pan, la Eucaristía, el humilde Cuerpo de Cristo es la santa Iglesia de cada día, reflejada en los rostros de los pobres, los rostros de hombres y mujeres que luchan, que sufren, tu cara y la mía.

Ofreciendo misericordia, el perdón es el regalo de la Eucaristía. La Eucaristía fortalece nuestra compasión por los demás y nos enseña a confiar en el amor de los demás. Ofrecer perdón puede profundizar los lazos del amor. Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? Que nuestra atención a la oración, el sacrificio y la caridad en este tiempo de Cuaresma aumente nuestra relación con Dios y profundicemos los lazos del amor. Oremos por nuestros catecúmenos mientras aprenden de nosotros el amor inimitable de Dios. Que nuestra oferta de este amor ofrezca el reino de los cielos en medio de nosotros.