Celebrando al Cristo resucitado – Abril 2018

Pero en aquel que cumple su palabra, el amor de Dios ha llegado verdaderamente a su plenitud. Esta es la señal de que vivimos en él. El que dice que permanece en él, debe proceder como él.

1 Juan 2:5-6

Mis hermanas y hermanos en Cristo:

¡La paz este con ustedes! Durante esta gloriosa temporada de Pascua, experimentamos a través de las Escrituras la formación de la Iglesia primitiva. El desafío para los primeros cristianos fue recordar a Jesús y su Palabra, y seguir siguiéndolo, aunque ya no estuviera físicamente con ellos. Entonces, en la primera lectura del Tercer Domingo de Pascua, San Pedro castiga a un grupo de personas en Jerusalén por crucificar al “autor de la vida” en su ignorancia y les pide que se arrepientan y se conviertan, que sus pecados puedan borrarse. San Juan también les pide a aquellos que creen que guarden su Palabra porque al guardar la Palabra de Dios, estamos en unión con Dios y viviremos como Jesús vivió cuando Él estuvo entre ellos. En la lectura del Evangelio de San Lucas, Jesús se aparece nuevamente a los discípulos y dice a su espíritu incierto: “La paz esté con ustedes.” Abrió sus mentes para comprender las Escrituras.

Durante este tiempo de Pascua, celebramos al Cristo viviente, resucitamos y vivimos dentro de cada uno de nosotros en virtud de nuestro bautismo. Cuando uno de nuestros parientes muere, ¿cómo los celebramos? Miramos fotos, compartimos historias de nuestro tiempo con él o ella, recordamos momentos con él o ella en el espacio tranquilo de nuestros corazones. Los primeros cristianos, también estimulados por la proclamación del Evangelio de los discípulos, recordaron su tiempo con Jesús, mientras que otros llegaron a conocer a Jesús por sus historias o por la fracción del pan.

Celebramos al Cristo viviente mientras participamos en la Santa Misa. Al leer la Escritura, la Palabra de Dios, por nuestra cuenta o escucharla proclamada durante la celebración de la Misa, escuchamos la proclamación de Dios acerca de la historia de la salvación, escuchamos historias de Jesús, ayer, hoy y siempre. El sacerdote que ofrece la homilía continúa compartiendo historias de Jesús a través de su experiencia vivida. Jesús nos dejó el regalo de la Eucaristía, una acto de acción de gracias a Dios, por la cual podemos recibirlo plenamente. No es la comida eucarística la que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros quienes misteriosamente nos transformamos con ella. Cristo nos nutre al unirnos a Su Cuerpo; “Nos lleva a la vida de la Trinidad para darnos Su Cuerpo como nuestro Pan de Vida.”

Este Pan de Vida siempre está reconciliando. Esta es la Paz acerca de la cual habló Jesús cuando entró en la habitación de los discípulos. Es esta Paz la que nos extendemos mutuamente durante la celebración de la Misa, la Paz que proviene de nuestro perdón de las ofensas mutuas. ¿Cómo podemos vivir como Jesús si no podemos extender el aliento de la Paz el uno al otro?

“Efectivamente Dios es perfecto,” dijo el Papa Francisco, “pero si lo consideramos de esta manera, se vuelve imposible para el hombre tender hacia esa perfección absoluta. En cambio, mantenerlo misericordioso delante de nuestros ojos nos permite comprender mejor en qué consiste su perfección y nos impulsa a ser como Él, lleno de amor, compasión y misericordia”.

 

Jesús, pregunta a sus discípulos, nos pide que seamos signo, un canal, un testigo de Su misericordia. El Papa Francisco ofrece: “La Iglesia no puede ser más que el sacramento de la misericordia de Dios en el mundo, en todo tiempo y para toda la humanidad. “La misericordia se expresa, en primer lugar, en el perdón.”

Durante esta temporada santa, no perdamos el recuerdo de la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Jesús. Participemos de él durante la celebración de la Misa y vivamos el don de la Eucaristía en cada momento de nuestras vidas, para que el amor de Dios se perfeccione en cada uno de nosotros. Entonces nuestro mundo será verdaderamente Su santo reino.