Labor de Amor – Octubre 2017

Siempre damos gracias a Dios por ustedes,
uando los recordamos en nuestras oraciones,
y sin cesar tenemos presente, cómo ustedes han manifestado su fe con obras,
su amor con fatigas y esperanza en nuestro Señor Jesucristo.

Tesalonicenses 1:2-3

 

Mis hermanos y hermanas en Cristo,

Gracia y paz para ustedes. San Pablo les habla a las personas de Tesalónica, una comunidad joven, recientemente fundada; sin embargo, a pesar de las dificultades y de las muchas pruebas, está arraigada en la fe y celebra con entusiasmo y alegría la Resurrección del Señor Jesús.

Vivir como seguidores de Cristo no era fácil durante el tiempo de San Pablo. Los primeros cristianos fueron perseguidos por sus creencias y no aceptados por su propia gente. Esperaban impacientemente por la parusía de Jesús, su regreso entre la gente. El amor de Dios fue desplegado ante ellos con la alegría del Espíritu Santo. El sentimiento de gratitud de los fieles de Tesalónica es el que tengo por ustedes y, al recordarlos en mis oraciones, le doy gracias a Dios por cada uno. De igual manera, su trabajo de fe y amor y resistencia en la esperanza son un aliento del Espíritu Santo en esta tierra.

Estas no son simples palabras, sino la Palabra vivida por ustedes. Hace sólo unas semanas, visité a nuestros hermanos y hermanas en nuestra diócesis hermana de San Juan de la Maguana en la República Dominicana. Tuve la oportunidad de visitar las escuelas que ustedes han ayudado a construir; hablar con los estudiantes llenos de ansias de aprender; y rezar junto a la facultad, los estudiantes y sus familias. Luego de los huracanes Harvey, Irma y María, pude ver su obra de amor cuando ustedes ofrecieron su propio sustento a aquellos sufriendo por las tormentas. Me anima su resistencia en la esperanza al unir nuestras oraciones con las oraciones de todo el mundo por los fallecidos, heridos y familiares del tiroteo en Las Vegas, para que estos encuentren paz. El 14 de octubre celebré Misa con las hermanas religiosas quienes han escogido el camino de la vida consagrada, dedicando sus vidas al servicio a Dios. Sé que se unirán a mí para orar con agradecimiento por su firmeza al llamado de Dios y especialmente por las que celebran aniversarios de 70, 60, 50 y 25 años de servicio este año.

Dios nos llama a cada uno por nuestro nombre en el Bautismo, dándonos el título de sacerdotes, profetas y reyes. Es el regalo de una bella alianza, un amor extraordinario otorgado a cada uno de nosotros. Somos elegidos para estar en amistad con Dios; cumplir Su alianza con nuestra encarnación de Su Palabra. Desde nuestro primer momento en el vientre de nuestra madre hasta nuestro último suspiro, Él nos creó, somos suyos. Cada uno de nosotros es esencial para la prosperidad del reino de Dios.

Al entrar en el mes de noviembre, encontramos dos fiestas hermosas, la Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre) y la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos (2 de noviembre). La comunión de todos los santos se mantiene junto a nosotros mientras crecemos en nuestra fe a través de sus historias, ofreciéndonos la valentía y el aliento para darnos cuenta de nuestro potencial para florecer en el reino de Dios. En la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos recordamos a los que han partido antes que nosotros.

El Papa Francisco dijo, “Cada vez que nos enfrentamos a la muerte de un ser querido, sentimos que nuestra fe está a prueba. Resurgen todas nuestras dudas, nuestra fragilidad, y nos preguntamos: “¿De verdad hay vida después de la muerte? ¿Podré abrazar otra vez a mis seres queridos?”. Las raíces y la base de nuestra fe nos enseñan cuánto Dios nos ofrece en Jesucristo y lo que significa nuestra muerte.

Como católicos, expresamos nuestra esperanza cristiana en la vida eterna y en la resurrección del cuerpo en el último día. Nuestros ritos funerarios son una oportunidad privilegiada de devolverle a Dios el regalo del difunto, con la esperanza de llevarlos al Reino celestial con la ayuda de nuestras oraciones. Nuestro amor por los que han partido se expresa, ante todo, en nuestras oraciones por ellos. Los funerales católicos expresan la unión cristiana con la muerte de Cristo y nuestra esperanza de compartir Su resurrección. La vida de gracia, nacida en el bautismo, es devuelta a Dios en acción de gracias al morir.

El Evangelio no llegó a nosotros sólo en palabra, sino también en poder en el Espíritu Santo y con mucha convicción. Que vivamos la vida tal como hemos sido elegidos.