Ofrendas de oración a Dios – Noviembre 2017

No cesamos de dar gracias a Dios,
porque cuando recibieron la Palabra que le predicamos,
ustedes la aceptaron no como palabra humana,
sino como lo que es realmente, como Palabra de Dios,
que actúa en ustedes, los que creen.
1 Tesalonicenses 2:13

Mis hermanos y hermanas en Cristo,

San Pablo les habla a los Tesalonicenses acerca de sus esfuerzos para recibir la Palabra de Dios y para compartir la Buena Nueva, aun en medio de la persecución de su propio pueblo. Él ofrece su sabiduría en oración a Dios, agradecido de haber recibido no palabra humana, sino la Palabra de Dios.

En nuestro mundo hoy, puede que no pensemos como oración lo que San Pablo habla; oración que es una ofrenda de uno mismo para la gloria de Dios; oración que es una encarnación del Espíritu Santo que no tiene ni principio ni fin, sino que es el aliento de nuestra vida diaria. Sin embargo, puede que pensemos que la oración es algo que hacemos en diferentes momentos, quizás en la mañana cuando nos despertamos o en la noche antes de irnos a descansar. Rezamos durante la celebración de la Misa, rezamos el Rosario. ¿Cuántos de nosotros pensamos en saludar a nuestros niños o manejar al trabajo o hacer la lavandería o cocinar como oración? Si realizamos todas estas actividades como una ofrenda a Dios, estamos orando.

Como estamos llenos de fe, estamos llamados a vivir cada día como una liturgia de los cielos. La alianza de Dios con nosotros, de estar en relación con nosotros, no es algo que podamos comenzar y parar. A través del bautismo y la confirmación, Cristo nos ha hecho parte de la Iglesia cuyos miembros, todos nosotros, somos sacerdotes para Su Dios y Padre. La oración es una relación vital y personal con el Dios vivo y verdadero. Dios como el creador y la fuente de vida es el que comienza la oración. Dios nos llama incansablemente a una relación con Él y en oración, la iniciativa del amor de Dios siempre viene primero; nosotros respondemos a esa invitación. “Él hizo salir de un solo principio a todo el género humano para que habite sobre toda la tierra, y señaló de antemano a cada pueblo sus épocas y sus fronteras, para que ellos busquen a Dios, aunque sea a tientas, y puedan encontrarlo. Porque en realidad, Él no está lejos de cada uno de nosotros. En efecto, en Él vivimos, nos movemos y existimos.” (Hechos 17:26-28)

El Papa Francisco dijo, “La meta de la oración tiene importancia secundaria; lo que importa sobretodo es la relación con el Padre. Esto es lo que hace que la oración transforme el deseo y lo moldee de acuerdo a la voluntad de Dios, cualquiera que sea, porque la persona que ora ante todo aspira a la unión con Dios, que es Amor Misericordioso.”

Participar en la celebración de la Misa es la oración perfecta. Cuando estás presente en la Misa, estás presente con Jesús en la Última Cena, ya estás presente con él al final de los tiempos. Estás presente en un evento pasado y mientras el sacerdote reza la oración Eucarística, él también está colocando a Cristo en este evento con ustedes. Estamos participando en el altar de Dios en lo alto. Mientras nos congregamos en el altar en la iglesia, nos reunimos en el altar de Dios en el cielo.

Luego de esta oración perfecta, salimos para traer el altar de Dios en el cielo a la tierra. Como Jesús oró, “Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo.” El Papa Francisco preguntó, “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra? Y con esta pregunta quedamos todos avisados: no podemos desistir de la oración, aun cuando no sea contestada. Y esta es la oración que mantiene la fe, sin esto, la fe vacila.”

Durante este mes de noviembre, mientras recordamos a los santos cuyas devotas vidas guían la nuestra y las almas de los fieles difuntos cuyas vidas de oración nos formaron, busquemos también orar plenamente para que nuestra relación con Dios no sea una que empieza y se detiene, sino que sea un continuo flujo de nuestra ofrenda a Aquel que nos hizo de amor por amor.