La Presencia Real de Cristo – Mayo 2017

Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.

San Mateo 28, 20

Mis hermanas y hermanos en Cristo:

Que palabras tan reconfortantes nos ofrece Jesús, al asegurarnos que Él estará con nosotros por siempre. ¿Qué significado tienen estas palabras para nosotros el día de hoy? Pues ya han pasado muchos años desde su Ascensión al Cielo.

Jesús está con nosotros en el don de la Eucaristía. Cada vez que participamos en la celebración de la Misa, Dios nos ofrece alimento espiritual y así participamos de la Presencia Real. La Iglesia Católica profesa que en la celebración de la Eucaristía, el pan y el vino pasan a ser el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo por medio del poder del Espíritu Santo y el uso del sacerdote como instrumento. Jesús dijo: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que come de este pan, vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi propia carne. Lo daré por la vida del mundo”… Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6, 51-55). Todo Cristo está verdaderamente presente bajo las apariencias de pan y vino: cuerpo, sangre, alma y divinidad – Cristo glorificado, quien resucitó de entre los muertos al morir por nuestros pecados. A esto se refiere la Iglesia cuando habla de la “Presencia Real” de Cristo en la Eucaristía.

Jesús se nos entrega en la Eucaristía como alimento espiritual porque él nos ama. El plan de Dios para nuestra salvación está apuntado a nuestra participación en la vida de la Trinidad, la comunión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Nuestro compartir en esta vida inicia con nuestro Bautismo, cuando por el poder del Espíritu Santo somos unidos a Cristo. Esta unión es alimentada y profundizada a través de nuestra participación en la Eucaristía. Así como nosotros participamos de la Eucaristía, de igual manera estamos llamados a llevar la Presencia Real a otros. Dios no nos abandonó; pero nos ha dado los unos a los otros, así como nos da Su cuerpo para participar de Su sacerdocio, de Su reinado y de Su profecía. Dios nos ofrece la alegría y la esperanza de vivir a través, con y en Él.

Nuestra participación en la celebración de la Eucaristía debe aumentar nuestro amor mutuo y recordarnos de nuestras responsabilidades para con el otro. Como miembros del Cuerpo Místico, tenemos un deber de representar a Cristo y traer a Cristo al mundo. Tenemos una responsabilidad de compartir las Buenas Nuevas no tan solo en nuestras palabras pero también en cómo vivimos nuestras vidas. También tenemos una responsabilidad de trabajar contra todas las fuerzas en nuestro mundo que se oponen al Evangelio, incluyendo toda forma de injusticia. El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña: La Eucaristía entraña un compromiso en favor de los pobres: Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos” (no. 1397).

Este pan, bajado del cielo, nos ha sido dado para que seamos levadura en esta tierra y fermentar así el Reino de Dios. Hace unas cuantas semanas, en el día de San Isidoro, fui a bendecir el “mercado misionero” de Caridades Católicas de la Florida Central. Fue apropiado elegir este día para la dedicación ya que San Isidoro es el patrono de los granjeros, campesinos y obreros. El trabajo ofrecido por quienes participaron en la creación de este hermoso mercado de despensa popular, ha actuado como levadura para sus vecinos y para los demás.  También cuan apropiado es honrar a estos vecinos con un mercado en el que tienen una selección que incluye frutas, verduras y otros artículos de primera necesidad; así como poder encontrar ayuda para sus necesidades médicas y aprender sobre cómo vivir más saludables; al tanto que se muestra respeto a las recetas de sus propias culturas. La dignidad que se ofrece a cada persona que visita el mercado es el fruto de la Eucaristía.

El Papa Francisco nos recuerda: “Se trata de la Eucaristía, que desde el comienzo ha sido el centro y la forma de la vida de la Iglesia. Pero recordemos también a todos los santos y santas –famosos o anónimos–, que se han dejado “partir” a sí mismos, sus propias vidas, para “alimentar a los hermanos”… Cuántos cristianos, en cuanto ciudadanos responsables, se han desvivido para defender la dignidad de todos, especialmente de los más pobres, marginados y discriminados. ¿Dónde encuentran la fuerza para hacer todo esto? Precisamente en la Eucaristía: en el poder del amor del Señor resucitado, que también hoy parte el pan para nosotros y repite: “Hagan esto en memoria mía.”

Que Dios Ilumine los ojos de nuestros corazones y así podamos conocer la esperanza de Su llamado.